jueves, 24 de marzo de 2011

LA PRINCESA Y EL GUISANTE (VERSIÓN REINA-SUEGRA)

Qué fácil es engañar a los hombres, sobre todo si creen que ellos son los que te engañan. Convivo con dos y es lo mismo que conocerlos a todos: sólo la carne los motiva, sólo la lujuria les da fuerza. Es divertido fingir que son tan listos que no noto nada.

El príncipe, mi hijo, no puede negarse a sus instintos animales, es decir brutos, es decir, irracionales, es decir de hombre. Me viene con la cantaleta de que quiere casarse con una “princesa verdadera”… yo sé lo que busca: carne blanca, joven, nueva. El rey, su padre, no es menos lascivo: cree que no sé lo que sus ojos graban de cada joven que ve, siempre se le queda el rastro de la voluptuosidad.

Se casa mi hijo y su esposa sabe que yo sé la verdad. Cómo recuerdo esa noche, esa tormenta, esas miradas llenas de dientes listos para comer su piel que se mostraba a través de la ropa mojada. El rey, mi esposo, la vio desde la ventana y se ofreció ¡a abrir él personalmente la puerta! Vi lo que él vio: ese cuerpo joven y húmedo. Cree que creí en su súbita amabilidad; después el príncipe, mi hijo, apenas pudo disimular esa erección en presencia de todos al ver a esa mujer-mar que mojaba todo a su paso. Cuando ella me vio y pidió asilo ambas sabíamos que esa era su primera noche como futura princesa: conocemos el cuerpo masculino más que ellos mismos: sabemos que no piensan con el cerebro: “mi reino por un orgasmo”.

Le ayudé con la escenografía, siempre fui buena con la actuación. Eso del guisante y los colchones fue perfecto: conozco a mi hijo, conozco a los hombres y no hay puerta que impida saciar el hambre de mujer cuando está tan cerca. Los escuché toda la noche; escuché esos testimonios de juventud y energía. Soy reina porque soy lista y sé cuando no debo pelear sino hacer alianzas y esa mujer entró con su ejército de lujuria y piel perfecta: enfrentarla era perder. Ambas somos poderosas: yo el poder real presente, ella el futuro. Por eso preferimos asociarnos sin firmas de por medio: temprano aseguró no haber podido dormir por el ridículo guisante y mostró como evidencia los cardenales de su cuerpo que fueron causados realmente por dientes y dedos y uñas reales y reales.

Todos asentimos, todos sabemos que mentimos y todos sabemos que eso es la felicidad.

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