lunes, 23 de noviembre de 2009

LA SOLUCIÓN

Desde que recordaba, la soledad no le soltaba la mano. Siempre estaba muy cerquita, mordiéndole la tranquilidad y la alegría, soplándole un vaho maloliente y pegajoso en todo el cuerpo.

No por tenerla siempre tan cerca se había acostumbrado a sentirla, a olerla, casi a platicar con ella. La detestaba, sobre todo, porque cuando más feliz se sentía, cuando más completo se encontraba, cuando creía haberla conjurado con el hechizo del futuro feliz, ella sonreía horriblemente, mostrándole con toda la rudeza posible su desamparo y orfandad humana: estás solo, parecía recordarle con cada espasmo de burla.

Como era decidido, se juró que ahora sí la derrotaría, que la maldita soledad saldría corriendo asustada al verse superada, él había encontrado la solución y, más que pronto, la pondría en práctica.

Primero decidió enamorarse perdidamente y buscó a la pareja ideal. No tardó mucho y lo logró: ya estaba más enamorado que nunca y no se separaba de su amor ni un instante. Dejó de ir a trabajar para no separarse, dejó de salir solo a cualquier lugar, dejó de ir al baño solito, dejó de soñar sólo por él. El primer paso estaba dado.

La conclusión estaba cerca. Esperó a que su pareja eterna durmiera y así, sin más ni más, se la comió (aquí dejo que cada quien decida cómo hizo para que no despertara y huyera asustada y frustrara la solución). Ya estaba muy dentro de él, ya nada podría separarlos. Su euforia estaba por llegar al límite, cuando el cuerpo le avisó que, ¡ni modo!, tenía que evacuar a su amada en su nueva forma. Se negó. Nunca más iría al baño. Así fue, aguantó días y días y días... hasta que tuvo que morir: el cuerpo no siempre está en frecuencia con los sueños de la pura mente.

Mañana lo entierran, por cierto, solo.

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