lunes, 30 de noviembre de 2009

FELICIDAD

El amor, por definición, excluye la sinceridad
Carlos Fuentes, La región más transparente


Si te fijas bien, sabes lo que piensa. Eres capaz de conocer su secreto más escondido. Te aburre esa certeza, así que mejor vistes tu delgado cuerpo y sin darle ninguna explicación sales de ese cuarto hotelero que aún huele a cigarro de la pareja anterior. –Demasiada demanda– piensas y ríes forzadamente.
No te importan sus gritos llamándote, ya no se te crispan los nervios con su voz aventando histéricamente tu nombre a quien quiera escucharlo. Ya sus lágrimas no sirven, sientes que ya no sientes.
Ni las miradas de las recamareras y del administrador despiertan algo en ti. Has decidido dejar que grite por toda la eternidad, has decidido dejar que llore hasta que el tiempo acabe.
Pese a todo, la calle te recibe bien, o sea igual a sí misma. Nada ha cambiado: el cielo sigue contaminado, los coches hechos bola, los niños siguen siendo mugrosos y pedinches de esquina.
Ni un poste te echa en cara tu maldad, ni un policía te detiene por haber abandonado a alguien en un hotel de paso, la gente sigue siendo indiferente a tu pensamiento.
Ya saliste, lo lograste, ¿a dónde irás ahora? Piensas que es hora de hacerte un inventario sentimental. Decides mejor hacerlo mañana, hoy la libertad llena todos tus huecos y te inmoviliza. Tanta es, que casi no la quieres.
La libertad, la libertad, la… ¿por qué “la”? Siempre te ha costado trabajo relacionarte con las “las”. Todas las mujeres son difíciles. Eso sí, sabes reconocer, qué capacidad tienen para creer que la mierda es miel, que la vida se tiene que acomodar a sus ganas, que la lujuria es amor.
Ahora que lo piensas bien, descubres que las mujeres no tienen que ser engañadas, solitas se mienten y se lo creen. La bronca es cuando se apropian de otra persona y la hacen actor de su farsa mental; pobre del que se salga de su argumento. ¿Cuántas veces habías sido actor involuntario de sus representaciones? Muchas y, en todas, resultaste un mal actor.
Mal presagio, ya comenzaste a colgarte calificativos negativos. Esa maldita maña la adquiriste ya ni sabes cuándo. No sabes si tus malas relaciones amorosas te han obligado a juzgarte así o si por juzgarte así has fracasado en ellas. Ya perdiste la noción de causa y efecto, no puedes distinguir una de otra.
El semáforo te invita a cruzar la calle. Ya ni para qué mentársela al que se pasó la línea peatonal, todos lo hacen.
No puedes evitarlo y volteas la cabeza, sientes que te sigue con toda la fuerza de su histeria y de tu paranoia. No viene, pero de cualquier manera sabes que si no es hoy, no pasa de mañana que te busque y te vomite insultos, reproches, gritos y lágrimas. Ya te sabes esa historia, tan repetida en tu vida que pareces estar atorado en una sola escena a perpetuidad.
Después de todo, sabes que eso es el amor. Que toda relación se inicia con tantas ganas que nublan la experiencia; que el deseo por tu nueva amante te obliga a pensar que con ella cogerás tanto y tanto sin aburrirte que hasta eyacularás sangre, que ahora sí, ella es la esperada. Pero pasa el tiempo y algo se lima o se lija o se desgasta o cada golpe pélvico es inversamente proporcional al amor original o sepa el diablo qué pasa, el caso es que vienen celos, coraje, dudas, reproches, gritos y, al fin, todo se vuelve real, o sea, nada.
Ya te cansaste.
No entiendes por qué todas las historias son la misma historia, por qué todos los sueños se evaporan al abrir los ojos… y tú ya los abriste y te fastidian la lógica y la coherencia de la vigilia. Ni modo, no tienes otra realidad y sabes que te tienes que aguantar.
Esta calle ni la conoces, es nueva en tu mapa mental urbano. Mejor, ya la rutina citadina te tiene hasta la madre.
Te sientas en la banqueta y ves las caras de tus prójimos que te resultan espejos: siempre son –y eres– distintos. Mentira que nos reconozcamos en ellos, mentira que te den forma y sentido, los sientes tan ajenos y distintos a ti como tú mismo.
Ahora que viste caminar a aquella pareja, te brotan tus sentimientos de culpa: ¿cómo habrá salido del hotel ella sola? ¿De verdad eres tan malo e insensible como te lo escupe a la cara con cualquier motivo? ¿Naciste para estar solo? ¿Por qué si no crees en el amor lo sigues buscando? ¿Gastas más energías fornicando que en otras cosas más importantes? ¿Por qué todos tus errores los eufemisas aludiendo a tu mente barroca? Basta. ¿Para qué lo preguntas si sabes que sólo eres una máquina de hacer preguntas, sin capacidad de respuestas?
En lo que sabes que no hay duda es en tu maldad. Piensas, por ejemplo, que si alguien te cuenta algo y no lo divulgas no es porque sepas guardar secretos, sino que en cuanto se calla ya lo olvidaste, porque los demás no te importan. Tontos, te creen discreto o buen amigo y lo único que hay en ti es desinterés.
También sabes que procuras caer bien o ser simpático sólo para evitarte malos ratos o discusiones. Para maldita la cosa que te interesa ayudar a alguien a pasar un rato ameno.
Sabes que eres inteligente y que te resulta fácil bucear en los cerebros ajenos, en todos, menos en el tuyo. Seguro estás que si te aventaras un chapuzón a tu mente, saldrías huyendo y gritando como perro apaleado, tan feo te sabes.
¿Qué pasará mañana cuando la veas o te hable? Segurito que te busca, segurito que te bronquea y te hace drama. ¿Qué le dirás? Ya sabes que siempre encuentras excusas y que ella te ayuda a engañarse para creérselas sin límite; sabes que si le dices que el demonio se posesionó de tu cuerpo temporalmente lo creerá y asunto arreglado, pero ¿qué sigue? A poco otra vez la rutina de pelear-coger-pelear.
Decides que no, que ya no. Que ahora sí, por favor, ya no.


Darías lo que te queda de vida por conocer a alguien que fuera feliz viviendo en pareja. Estás seguro de que eso no resulta, pues los humanos somos muy complejos, y si uno mismo no se entiende, menos compartiendo complejidades. Siempre uno tiene que fingir, es tu teoría. Siempre ambos tienen que sufrir, complementas. Pinche afán masoquista que tenemos los humanos, piensas y odias reconocer que eres un sádico cualquiera y que ella completa el maldito cuadro. Si al menos esta unión sado-masoquista fuera física se podrían sobar y santo remedio, pero esto de madrearse la cabeza es peor que sangrar.
Necesitas fumar para sentir algo más puro que tus sentimientos. ¡Te lleva el diablo!, dejaste la cajetilla por salir de prisa, ojalá que en esa tienda vendan sin filtro. Pagas y agradeces con tanta amabilidad que nadie sospecharía de tu oficio de abandona-todo.
Ya no te reconoces por tanto usar máscaras, ¿debajo de cuál está tu rostro ideal? No sabes si eres el amante fiel –de ella–, el conquistador empedernido –de los amigos– o el méndigo joto –para ti–. No importa, estás seguro de que todos andamos actuando por el mundo.
Ya son muchos los años que llevas haciendo esta telenovela para hacerla feliz… mentira, para estar tranquilo. Si al menos pudieras quitarte la conciencia como se quita una prenda inútil, estarías mucho mejor, pero no, te sientes responsable de su salud mental de por sí deteriorada.
Sabes que eso es egolatría, sabes que nadie necesita de nadie, sabes que si la dejas y se mata no es culpa tuya, que los suicidas en potencia sólo necesitan una excusa externa para cumplir su destino autodestructivo. Todo eso sabes, pero no logras convencerte.
¿A qué hora te subiste al pesero? Por no notarlo ni apagaste el cigarro y ya el chofer te exige que pagues y apagues tu chimenea portátil o te bajes. Avientas la bachita, bastantes problemas tienes por dentro para buscarte más afuera.
No hay remedio, sólo tres opciones: o la dejas valiéndote madres lo que haga, o te matas tú o sigues con ella haciendo malabares mentales para no reventar.
Ya sabes la respuesta, tu cobardía te la dicta a cada instante.

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Si el tiempo madura todo, ¿por qué a ti te resulta anodino? ¿Qué no sirve: el tiempo, la vida o tú? Ninguno de los tres, además eres incapaz de separar esos tres conceptos.
¿Qué es la madurez? Si es volverse serio y propio, jamás lo podrás lograr, lo único que sabes hacer es divertirte, aunque cada vez te resulta más difícil por tu Rutinita. Rutinita. Aún te suena simpático el nombre que le diste a ella, pero te preocupa que un día la nombres así sin querer. Piensas que se pondría como loca, bueno, más loca.
Recuerdas aquella vez que se te ocurrió decir que estabas aburrido –y conste que hablabas sólo de ese instante– y la revolución que te armó: que ya no la querías, que antes nunca te aburrías, que sólo la habías usado y que ahora ya te resultaba insoportable. Qué ganas te dieron de decir esa vez sí, pero no, de güey te arriesgabas a soportar quince litros más de lágrimas y mocos. No, no, viva la paz.
A veces añoras aquellos tiempos en que pensar en tener un amor casi te arrancaba el llanto; lo malo de desear tanto y tanto algo es que se puede cumplir. Querías un amor y lo tuviste, desgraciadamente lo sigues teniendo.
No te entiendes: querías que te quisieran y hoy ese amor te aplasta poco a poco y claramente sientes cómo se te salen las entrañas con cada pisotón. Ya sabes que casi todas tus vísceras están fuera y tú casi vacío. ¿Qué harás cuando sólo seas un maniquí de piel y de ojos movibles?
Siempre el amor te obliga a pensar en el tiempo y el tiempo en la muerte. Casi son para ti sinónimos. Amor y tiempo te consumen para llevarte a la muerte que tiene cara de ella. Esta idea sí te aterra, te imaginas que al morir ella te seguirá o te estará esperando para abrazarte y llorarte por toda la eternidad y más, y ahí ya no tendrás ningún consuelo ni esperanza.
Esta pesadilla es la que aún te mantiene vivo. Mientras respiras conservas la ilusión de escapar, escapar, escapar…

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– ¿No puedes dejar de llorar?
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– ¡Cállate, me enfermas!
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– Sigue pues, yo me largo.
– ¡No, no te vayas!
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– ¡No me dejes!

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Su mano, ¿qué es para ti su mano dentro de la tuya? Si sólo fuera eso, sería fácil aguantar, pero también dentro de tu mano sientes su brazo, su cabello, su cuerpo, su vida… ¡qué pesada carga para un egoísta! – te lamentas callado y sigues caminando, tomándola por la calle.
Vuelves a lamentarte pero ahora de tu falta de valor, de decisión, de huevos. Recuerdas que anteayer tenías un firme ¡no! en tu cabeza y hoy le aprietas la mano, le sonríes y le diriges miradas dormilonas dizque de amor. ¡Bah!, no te soportas por joto y decides que ella merece un hombre así por masoquista. Bonita pareja, un flacucho de voluntad con una dependiente emocional. Esta conclusión te hace esbozar una sonrisa que ella traduce como huella inequívoca de felicidad por estar juntos y te abraza y te besa y –¡carajo!– te erectas. Te siente y se siente deseada.
Recuerdas que ella entiende que te enhiestas porque la quieres, que no entiende el sexo ajeno al amor, que para tu dama –de seguro– hasta los perros se aman cuando copulan en bola.
Mil veces maldices esa tripa, colgada materialización del amor abstracto, pero no eres tan valiente para decirle que perfectamente puedes tirarte a cuanta mujer se descuide tantito, aunque no sepas ni su nombre o te caiga gorda, que eres capaz de colocar sobre tus hombros un par de piernas a la menor provocación, que para ti la lujuria tiene acta de independencia del amor, que ella era sólo un intento más de romper la rutina y que ahora se ha convertido en su encarnación.
Su voz te saca de tus corajes internos. Oyes su tono meloso con esa pregunta mortal: –¿me quieres?– y estás condenado a no decir otra cosa más que el único monosílabo que te sabes. Te esfuerzas por sonreír y decirlo con esa capacidad de mentir que siempre está contigo. –Sí–, te escuchas decir con esa voz que nunca es tuya.

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Claro que para ti nada es claro, creces en años y todo se vuelve más confuso, todo te duele y te sangra, incluso no entiendes por qué todas las vidas son mejores que tu vida, por qué todas las cosas son mejores que tus cosas, por qué las otras felicidades son más duraderas que tu felicidad… ahora que lo meditas tranquilamente, notas que sí tienes algo en claro: estás aburrido. Tu aburrimiento no es el resultado de no hacer nada, al contrario, tu aburrimiento pierde las fronteras con el cansancio. También sabes que ambos tienen raíces profundas y añejas, sabes que naciste ya aburrido y cansado, que ya no querías vivir aun antes de nacer.
Todo te pesa y te avienta al abismo.
Ese abismo es como un inmenso mar de angustia, tristeza, lágrimas, remordimientos y pesares de conciencia, sus olas son el resultado de tus latidos, tus respiraciones y tus actos.
¡Qué ganas de dejarte caer! Qué ganas de echarte un clavado al fondo y descansar. Qué lástima que –eso también lo sabes– no lo harás prontamente.
Maldito aburrimiento, todo te da igual. Da igual si lees o no, da igual si te mueves o no, nada cambia en el mundo, nada se afecta si te levantas o te quedas acostado, todo sigue como siempre si ríes o lloras, si fornicas o te impones la castidad.
Antes había cosas que te motivaban: leer, trabajar, tener dinero, conocer cuerpos hermosos y tocarlos. ¡Qué tiempos! Sentías casi obsesión por lograr llevarte una mujer a la cama y ver y probar sus pezones y descubrir qué tan lejos o tan cerca estaba tu imaginación de su cara de placer. Juras que para ti era más que suficiente ver su gesto de orgasmo para estar satisfecho, por eso con dos o tres veces que la poseyeras y te aprendieras su cuerpo y sus muecas, sentías que ambos ya se habían dado todo lo que se tenían que dar.
Siempre había sido así, siempre te había resultado, todo estaba calculado… todo, hasta que la conociste.

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La distancia, la lejanía, siempre te hace guiños y se te presenta como lo único que no has podido conquistar. Tal vez por eso corres a ella, porque sería conseguir lo último que te falta y, entonces sí, a ver qué haces con la seguridad de ya no tener nada por delante, a ver qué haces con la piedra del aburrimiento entre tus manos.
Hasta ahora ha sido mejor fingir ante todos, seguir embaucando mujeres y esforzarte por no ser descubierto. Es más emocionante. Si huyeras y escaparas, ¿qué harías con la libertad?, ¿qué harías sin Ella?
Qué harías sin ella, te repites y te suena a broma macabra. Qué harías sin ella, retumba la pregunta en tu cabeza y ríes ante esa interrogante-parodia del amor. Qué harías sin ella, ríes más y levantas tu copa para brindar en tu festejo por los veinte años de alegría. Tus amigos chocan sus copas envidiando tu felicidad y ella se ve radiante y agradecida por tanto y tanto amor, ya olvidó que apenas mañana la abandonarás en el hotel.

CHEMA
Ca.1997

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