viernes, 20 de febrero de 2009

FANTASMA

Es difícil ser un fantasma. La claridad ya no deslumbra, ahora atraviesa y hiere; ya no hay sangre que golpee por dentro y oriente los pasos, pero ¿cuáles pasos? Ni el piso se siente, tampoco el odio, el amor, la tristeza.
El día y la noche, el calor y el frío, el ansia y la paz, todo da igual. Todos los sentimientos y sensaciones se confunden; no sé qué siento, no sé si siento, no sé si sufro o sólo recuerdo que se sufre en esta indefinición. Lo único cierto que poseo es que no poseo nada.
Mis recuerdos. Pudiera suponerse que tengo memoria de mi vida, pero pasan por mi vista tantas vivencias tan dispares que no sé si tuve una o dos o mil vidas. No sé si son recuerdos o inventos o vivencias reales que me apropio de la gente que espío y vigilo y que nunca me nota.
Soy un fantasma –no sé desde cuándo, tal vez así nací–, y ni siquiera puedo decir qué significa eso ni qué se siente. Los días son eternos y no puedo afirmar que nunca duermo o que nunca despierto. Eso es, quizá soy una pesadilla separada del soñador. Soy el mal sueño de un loco o la alucinación del apesadumbrado insomne. Todo eso es ser nada.
Veo y escucho, pero no toco. Veo el sol y los niños correr; veo las risas y las dudas; veo los autos y los peinados nuevos; veo los desiertos y los espejos, pero yo no me reflejo. Es parte de esta realidad no distinguir entre espejos y ventanas, en ambas siempre se ve lo otro, lo ajeno, lo lejano o cercano, los otros pero no yo. No me conozco, no sé cómo soy. Un fantasma tampoco puede ver a otro; en esto no somos muy diferentes de los encarnados, de los vivos: se ven sin mirarse, no se conocen, viven tan solos como nosotros.
No sé a dónde dirigirme, no encuentro el camino al paraíso o al infierno ni sé si existen y temo perderme eternamente. Sólo he aprendido a vagar, a recorrer calles y continentes sin descanso pero sin cansancio. No asusto porque nadie me escucha ni me siente, nadie me extraña ni me recuerda… quizá aquí miento porque tal vez alguien extrañe a quien fue esto que ahora es sólo palabras y lamentos, esta mezcla de ausencias y extrañezas.
Soy un fantasma y lo mismo puedo decir que soy sólo el pensamiento de algún desquiciado que está ahora atado y no puede más que imaginar, que imaginarme. También puedo decir que sólo soy un sonido que no se extingue, que soy un aullido, que soy viento contaminado de razón y juicio, que soy el último suspiro del agonizante que murió en soledad y que no quiere desaparecer hasta ser escuchado, que soy aire frío que eriza la piel, que soy el grito de un niño hambriento o el lamento de un perro atropellado.
No creo tener rostro; más bien soy una maraña de cicatrices, un conjunto de malos deseos y maldiciones que crece cada segundo, un amorfo signo de interrogación sin esperanza de respuesta. No puedo intentar hablar sin que se agolpen gritos, gemidos, carcajadas, palabras, insultos, viscosidades y todas se impidan el paso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario