lunes, 23 de febrero de 2009

CIERTO


Cierto: es como un caldo de camarón sin cuento, ni ese sabor. La tristeza es esa incapacidad en las manos para escribir; es esa malformación muscular que obliga a hacer un gesto ridículo en lugar de sonrisa; es la nube que no existe y que como imán te obliga a buscarla en todos lados, desentendiéndote de la realidad; es la acidez del espíritu y del esófago; es saber que nadie te conoce; es descubrir un nuevo dolor cada día; es que nada importe; es que te aterre la noche porque la soledad muerde; es la flojera de todo; es la certeza de tener lo que se merece; es llegar siempre tarde a todo, a la vida; es ver la televisión porque no hay nada más; es tener la angustia como desayuno y cena; es la piedra del aburrimiento entre las manos; es esperar un mensaje; es que todo te dé igual; es el fastidio eterno; es preferir lo otro y lo otro y lo otro; es sinceramente no saber lo que se quiere; es no tener planes ni necesitarlos; es vivir así nomás como animal; es no embonar; es optar por el aislamiento; es hacer esta lista; es siempre estar perdido en sueños; es no saber cuál ha sido mi momento más feliz; es fluctuar de humor; es el alejamiento de los amigos; es no tener un motivo; es equivocarse siempre; es ser charal en la corriente; es esperar el tiempo oportuno que no existe; es una promesa; cierto: es como un caldo de camarón sin cuento, ni ese sabor.

viernes, 20 de febrero de 2009

FANTASMA

Es difícil ser un fantasma. La claridad ya no deslumbra, ahora atraviesa y hiere; ya no hay sangre que golpee por dentro y oriente los pasos, pero ¿cuáles pasos? Ni el piso se siente, tampoco el odio, el amor, la tristeza.
El día y la noche, el calor y el frío, el ansia y la paz, todo da igual. Todos los sentimientos y sensaciones se confunden; no sé qué siento, no sé si siento, no sé si sufro o sólo recuerdo que se sufre en esta indefinición. Lo único cierto que poseo es que no poseo nada.
Mis recuerdos. Pudiera suponerse que tengo memoria de mi vida, pero pasan por mi vista tantas vivencias tan dispares que no sé si tuve una o dos o mil vidas. No sé si son recuerdos o inventos o vivencias reales que me apropio de la gente que espío y vigilo y que nunca me nota.
Soy un fantasma –no sé desde cuándo, tal vez así nací–, y ni siquiera puedo decir qué significa eso ni qué se siente. Los días son eternos y no puedo afirmar que nunca duermo o que nunca despierto. Eso es, quizá soy una pesadilla separada del soñador. Soy el mal sueño de un loco o la alucinación del apesadumbrado insomne. Todo eso es ser nada.
Veo y escucho, pero no toco. Veo el sol y los niños correr; veo las risas y las dudas; veo los autos y los peinados nuevos; veo los desiertos y los espejos, pero yo no me reflejo. Es parte de esta realidad no distinguir entre espejos y ventanas, en ambas siempre se ve lo otro, lo ajeno, lo lejano o cercano, los otros pero no yo. No me conozco, no sé cómo soy. Un fantasma tampoco puede ver a otro; en esto no somos muy diferentes de los encarnados, de los vivos: se ven sin mirarse, no se conocen, viven tan solos como nosotros.
No sé a dónde dirigirme, no encuentro el camino al paraíso o al infierno ni sé si existen y temo perderme eternamente. Sólo he aprendido a vagar, a recorrer calles y continentes sin descanso pero sin cansancio. No asusto porque nadie me escucha ni me siente, nadie me extraña ni me recuerda… quizá aquí miento porque tal vez alguien extrañe a quien fue esto que ahora es sólo palabras y lamentos, esta mezcla de ausencias y extrañezas.
Soy un fantasma y lo mismo puedo decir que soy sólo el pensamiento de algún desquiciado que está ahora atado y no puede más que imaginar, que imaginarme. También puedo decir que sólo soy un sonido que no se extingue, que soy un aullido, que soy viento contaminado de razón y juicio, que soy el último suspiro del agonizante que murió en soledad y que no quiere desaparecer hasta ser escuchado, que soy aire frío que eriza la piel, que soy el grito de un niño hambriento o el lamento de un perro atropellado.
No creo tener rostro; más bien soy una maraña de cicatrices, un conjunto de malos deseos y maldiciones que crece cada segundo, un amorfo signo de interrogación sin esperanza de respuesta. No puedo intentar hablar sin que se agolpen gritos, gemidos, carcajadas, palabras, insultos, viscosidades y todas se impidan el paso.

martes, 3 de febrero de 2009

ESO ES

Es como morir por fumar y ni así poder dejar el cigarro; como alguien que acaba de perder sus piernas e implora por ellas; como platicar a una piedra o a un retrato; como sentarse a esperar quién sabe qué; como estar seguro; como fingir que no se tiene hambre por falta de dinero; como ver la infancia y no poder modificarla; como estar convencido de que todo lo demás, lo de los demás es mejor siempre; como entender que del cerebro a la boca siempre hay traición; como pedir dinero prestado; como estar donde no se quiere; como querer donde no se está; como quien está siendo devorado vivo por fieras; como el humillado frente a quien ama; como perder tus recuerdos; como recordar tus pérdidas.
Es como ver morir a un recién nacido; como la ceguera paulatina; como despertar; como correr por miedo; como saberse viejo; como fingir que nada pasa; como vivir sabiendo que el futuro es de otros; como pedir perdón por existir; como caer diario por dentro; como ver alejarse el último camión del día sin alcanzarlo; como necesitar; como no necesitar; como tener en la mano el último centavo; como decir adiós a todo por siempre; como no entender el mejor libro jamás escrito; como el beso de despedida a un muerto; como jurar nunca más regresar y estar ahí de nuevo; como llorar sin lágrimas; como levantarse sin motivos; como quedarse plantado; como haber nacido… Es la tristeza