lunes, 30 de noviembre de 2009

FELICIDAD

El amor, por definición, excluye la sinceridad
Carlos Fuentes, La región más transparente


Si te fijas bien, sabes lo que piensa. Eres capaz de conocer su secreto más escondido. Te aburre esa certeza, así que mejor vistes tu delgado cuerpo y sin darle ninguna explicación sales de ese cuarto hotelero que aún huele a cigarro de la pareja anterior. –Demasiada demanda– piensas y ríes forzadamente.
No te importan sus gritos llamándote, ya no se te crispan los nervios con su voz aventando histéricamente tu nombre a quien quiera escucharlo. Ya sus lágrimas no sirven, sientes que ya no sientes.
Ni las miradas de las recamareras y del administrador despiertan algo en ti. Has decidido dejar que grite por toda la eternidad, has decidido dejar que llore hasta que el tiempo acabe.
Pese a todo, la calle te recibe bien, o sea igual a sí misma. Nada ha cambiado: el cielo sigue contaminado, los coches hechos bola, los niños siguen siendo mugrosos y pedinches de esquina.
Ni un poste te echa en cara tu maldad, ni un policía te detiene por haber abandonado a alguien en un hotel de paso, la gente sigue siendo indiferente a tu pensamiento.
Ya saliste, lo lograste, ¿a dónde irás ahora? Piensas que es hora de hacerte un inventario sentimental. Decides mejor hacerlo mañana, hoy la libertad llena todos tus huecos y te inmoviliza. Tanta es, que casi no la quieres.
La libertad, la libertad, la… ¿por qué “la”? Siempre te ha costado trabajo relacionarte con las “las”. Todas las mujeres son difíciles. Eso sí, sabes reconocer, qué capacidad tienen para creer que la mierda es miel, que la vida se tiene que acomodar a sus ganas, que la lujuria es amor.
Ahora que lo piensas bien, descubres que las mujeres no tienen que ser engañadas, solitas se mienten y se lo creen. La bronca es cuando se apropian de otra persona y la hacen actor de su farsa mental; pobre del que se salga de su argumento. ¿Cuántas veces habías sido actor involuntario de sus representaciones? Muchas y, en todas, resultaste un mal actor.
Mal presagio, ya comenzaste a colgarte calificativos negativos. Esa maldita maña la adquiriste ya ni sabes cuándo. No sabes si tus malas relaciones amorosas te han obligado a juzgarte así o si por juzgarte así has fracasado en ellas. Ya perdiste la noción de causa y efecto, no puedes distinguir una de otra.
El semáforo te invita a cruzar la calle. Ya ni para qué mentársela al que se pasó la línea peatonal, todos lo hacen.
No puedes evitarlo y volteas la cabeza, sientes que te sigue con toda la fuerza de su histeria y de tu paranoia. No viene, pero de cualquier manera sabes que si no es hoy, no pasa de mañana que te busque y te vomite insultos, reproches, gritos y lágrimas. Ya te sabes esa historia, tan repetida en tu vida que pareces estar atorado en una sola escena a perpetuidad.
Después de todo, sabes que eso es el amor. Que toda relación se inicia con tantas ganas que nublan la experiencia; que el deseo por tu nueva amante te obliga a pensar que con ella cogerás tanto y tanto sin aburrirte que hasta eyacularás sangre, que ahora sí, ella es la esperada. Pero pasa el tiempo y algo se lima o se lija o se desgasta o cada golpe pélvico es inversamente proporcional al amor original o sepa el diablo qué pasa, el caso es que vienen celos, coraje, dudas, reproches, gritos y, al fin, todo se vuelve real, o sea, nada.
Ya te cansaste.
No entiendes por qué todas las historias son la misma historia, por qué todos los sueños se evaporan al abrir los ojos… y tú ya los abriste y te fastidian la lógica y la coherencia de la vigilia. Ni modo, no tienes otra realidad y sabes que te tienes que aguantar.
Esta calle ni la conoces, es nueva en tu mapa mental urbano. Mejor, ya la rutina citadina te tiene hasta la madre.
Te sientas en la banqueta y ves las caras de tus prójimos que te resultan espejos: siempre son –y eres– distintos. Mentira que nos reconozcamos en ellos, mentira que te den forma y sentido, los sientes tan ajenos y distintos a ti como tú mismo.
Ahora que viste caminar a aquella pareja, te brotan tus sentimientos de culpa: ¿cómo habrá salido del hotel ella sola? ¿De verdad eres tan malo e insensible como te lo escupe a la cara con cualquier motivo? ¿Naciste para estar solo? ¿Por qué si no crees en el amor lo sigues buscando? ¿Gastas más energías fornicando que en otras cosas más importantes? ¿Por qué todos tus errores los eufemisas aludiendo a tu mente barroca? Basta. ¿Para qué lo preguntas si sabes que sólo eres una máquina de hacer preguntas, sin capacidad de respuestas?
En lo que sabes que no hay duda es en tu maldad. Piensas, por ejemplo, que si alguien te cuenta algo y no lo divulgas no es porque sepas guardar secretos, sino que en cuanto se calla ya lo olvidaste, porque los demás no te importan. Tontos, te creen discreto o buen amigo y lo único que hay en ti es desinterés.
También sabes que procuras caer bien o ser simpático sólo para evitarte malos ratos o discusiones. Para maldita la cosa que te interesa ayudar a alguien a pasar un rato ameno.
Sabes que eres inteligente y que te resulta fácil bucear en los cerebros ajenos, en todos, menos en el tuyo. Seguro estás que si te aventaras un chapuzón a tu mente, saldrías huyendo y gritando como perro apaleado, tan feo te sabes.
¿Qué pasará mañana cuando la veas o te hable? Segurito que te busca, segurito que te bronquea y te hace drama. ¿Qué le dirás? Ya sabes que siempre encuentras excusas y que ella te ayuda a engañarse para creérselas sin límite; sabes que si le dices que el demonio se posesionó de tu cuerpo temporalmente lo creerá y asunto arreglado, pero ¿qué sigue? A poco otra vez la rutina de pelear-coger-pelear.
Decides que no, que ya no. Que ahora sí, por favor, ya no.


Darías lo que te queda de vida por conocer a alguien que fuera feliz viviendo en pareja. Estás seguro de que eso no resulta, pues los humanos somos muy complejos, y si uno mismo no se entiende, menos compartiendo complejidades. Siempre uno tiene que fingir, es tu teoría. Siempre ambos tienen que sufrir, complementas. Pinche afán masoquista que tenemos los humanos, piensas y odias reconocer que eres un sádico cualquiera y que ella completa el maldito cuadro. Si al menos esta unión sado-masoquista fuera física se podrían sobar y santo remedio, pero esto de madrearse la cabeza es peor que sangrar.
Necesitas fumar para sentir algo más puro que tus sentimientos. ¡Te lleva el diablo!, dejaste la cajetilla por salir de prisa, ojalá que en esa tienda vendan sin filtro. Pagas y agradeces con tanta amabilidad que nadie sospecharía de tu oficio de abandona-todo.
Ya no te reconoces por tanto usar máscaras, ¿debajo de cuál está tu rostro ideal? No sabes si eres el amante fiel –de ella–, el conquistador empedernido –de los amigos– o el méndigo joto –para ti–. No importa, estás seguro de que todos andamos actuando por el mundo.
Ya son muchos los años que llevas haciendo esta telenovela para hacerla feliz… mentira, para estar tranquilo. Si al menos pudieras quitarte la conciencia como se quita una prenda inútil, estarías mucho mejor, pero no, te sientes responsable de su salud mental de por sí deteriorada.
Sabes que eso es egolatría, sabes que nadie necesita de nadie, sabes que si la dejas y se mata no es culpa tuya, que los suicidas en potencia sólo necesitan una excusa externa para cumplir su destino autodestructivo. Todo eso sabes, pero no logras convencerte.
¿A qué hora te subiste al pesero? Por no notarlo ni apagaste el cigarro y ya el chofer te exige que pagues y apagues tu chimenea portátil o te bajes. Avientas la bachita, bastantes problemas tienes por dentro para buscarte más afuera.
No hay remedio, sólo tres opciones: o la dejas valiéndote madres lo que haga, o te matas tú o sigues con ella haciendo malabares mentales para no reventar.
Ya sabes la respuesta, tu cobardía te la dicta a cada instante.

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Si el tiempo madura todo, ¿por qué a ti te resulta anodino? ¿Qué no sirve: el tiempo, la vida o tú? Ninguno de los tres, además eres incapaz de separar esos tres conceptos.
¿Qué es la madurez? Si es volverse serio y propio, jamás lo podrás lograr, lo único que sabes hacer es divertirte, aunque cada vez te resulta más difícil por tu Rutinita. Rutinita. Aún te suena simpático el nombre que le diste a ella, pero te preocupa que un día la nombres así sin querer. Piensas que se pondría como loca, bueno, más loca.
Recuerdas aquella vez que se te ocurrió decir que estabas aburrido –y conste que hablabas sólo de ese instante– y la revolución que te armó: que ya no la querías, que antes nunca te aburrías, que sólo la habías usado y que ahora ya te resultaba insoportable. Qué ganas te dieron de decir esa vez sí, pero no, de güey te arriesgabas a soportar quince litros más de lágrimas y mocos. No, no, viva la paz.
A veces añoras aquellos tiempos en que pensar en tener un amor casi te arrancaba el llanto; lo malo de desear tanto y tanto algo es que se puede cumplir. Querías un amor y lo tuviste, desgraciadamente lo sigues teniendo.
No te entiendes: querías que te quisieran y hoy ese amor te aplasta poco a poco y claramente sientes cómo se te salen las entrañas con cada pisotón. Ya sabes que casi todas tus vísceras están fuera y tú casi vacío. ¿Qué harás cuando sólo seas un maniquí de piel y de ojos movibles?
Siempre el amor te obliga a pensar en el tiempo y el tiempo en la muerte. Casi son para ti sinónimos. Amor y tiempo te consumen para llevarte a la muerte que tiene cara de ella. Esta idea sí te aterra, te imaginas que al morir ella te seguirá o te estará esperando para abrazarte y llorarte por toda la eternidad y más, y ahí ya no tendrás ningún consuelo ni esperanza.
Esta pesadilla es la que aún te mantiene vivo. Mientras respiras conservas la ilusión de escapar, escapar, escapar…

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– ¿No puedes dejar de llorar?
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– ¡Cállate, me enfermas!
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– Sigue pues, yo me largo.
– ¡No, no te vayas!
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– ¡No me dejes!

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Su mano, ¿qué es para ti su mano dentro de la tuya? Si sólo fuera eso, sería fácil aguantar, pero también dentro de tu mano sientes su brazo, su cabello, su cuerpo, su vida… ¡qué pesada carga para un egoísta! – te lamentas callado y sigues caminando, tomándola por la calle.
Vuelves a lamentarte pero ahora de tu falta de valor, de decisión, de huevos. Recuerdas que anteayer tenías un firme ¡no! en tu cabeza y hoy le aprietas la mano, le sonríes y le diriges miradas dormilonas dizque de amor. ¡Bah!, no te soportas por joto y decides que ella merece un hombre así por masoquista. Bonita pareja, un flacucho de voluntad con una dependiente emocional. Esta conclusión te hace esbozar una sonrisa que ella traduce como huella inequívoca de felicidad por estar juntos y te abraza y te besa y –¡carajo!– te erectas. Te siente y se siente deseada.
Recuerdas que ella entiende que te enhiestas porque la quieres, que no entiende el sexo ajeno al amor, que para tu dama –de seguro– hasta los perros se aman cuando copulan en bola.
Mil veces maldices esa tripa, colgada materialización del amor abstracto, pero no eres tan valiente para decirle que perfectamente puedes tirarte a cuanta mujer se descuide tantito, aunque no sepas ni su nombre o te caiga gorda, que eres capaz de colocar sobre tus hombros un par de piernas a la menor provocación, que para ti la lujuria tiene acta de independencia del amor, que ella era sólo un intento más de romper la rutina y que ahora se ha convertido en su encarnación.
Su voz te saca de tus corajes internos. Oyes su tono meloso con esa pregunta mortal: –¿me quieres?– y estás condenado a no decir otra cosa más que el único monosílabo que te sabes. Te esfuerzas por sonreír y decirlo con esa capacidad de mentir que siempre está contigo. –Sí–, te escuchas decir con esa voz que nunca es tuya.

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Claro que para ti nada es claro, creces en años y todo se vuelve más confuso, todo te duele y te sangra, incluso no entiendes por qué todas las vidas son mejores que tu vida, por qué todas las cosas son mejores que tus cosas, por qué las otras felicidades son más duraderas que tu felicidad… ahora que lo meditas tranquilamente, notas que sí tienes algo en claro: estás aburrido. Tu aburrimiento no es el resultado de no hacer nada, al contrario, tu aburrimiento pierde las fronteras con el cansancio. También sabes que ambos tienen raíces profundas y añejas, sabes que naciste ya aburrido y cansado, que ya no querías vivir aun antes de nacer.
Todo te pesa y te avienta al abismo.
Ese abismo es como un inmenso mar de angustia, tristeza, lágrimas, remordimientos y pesares de conciencia, sus olas son el resultado de tus latidos, tus respiraciones y tus actos.
¡Qué ganas de dejarte caer! Qué ganas de echarte un clavado al fondo y descansar. Qué lástima que –eso también lo sabes– no lo harás prontamente.
Maldito aburrimiento, todo te da igual. Da igual si lees o no, da igual si te mueves o no, nada cambia en el mundo, nada se afecta si te levantas o te quedas acostado, todo sigue como siempre si ríes o lloras, si fornicas o te impones la castidad.
Antes había cosas que te motivaban: leer, trabajar, tener dinero, conocer cuerpos hermosos y tocarlos. ¡Qué tiempos! Sentías casi obsesión por lograr llevarte una mujer a la cama y ver y probar sus pezones y descubrir qué tan lejos o tan cerca estaba tu imaginación de su cara de placer. Juras que para ti era más que suficiente ver su gesto de orgasmo para estar satisfecho, por eso con dos o tres veces que la poseyeras y te aprendieras su cuerpo y sus muecas, sentías que ambos ya se habían dado todo lo que se tenían que dar.
Siempre había sido así, siempre te había resultado, todo estaba calculado… todo, hasta que la conociste.

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La distancia, la lejanía, siempre te hace guiños y se te presenta como lo único que no has podido conquistar. Tal vez por eso corres a ella, porque sería conseguir lo último que te falta y, entonces sí, a ver qué haces con la seguridad de ya no tener nada por delante, a ver qué haces con la piedra del aburrimiento entre tus manos.
Hasta ahora ha sido mejor fingir ante todos, seguir embaucando mujeres y esforzarte por no ser descubierto. Es más emocionante. Si huyeras y escaparas, ¿qué harías con la libertad?, ¿qué harías sin Ella?
Qué harías sin ella, te repites y te suena a broma macabra. Qué harías sin ella, retumba la pregunta en tu cabeza y ríes ante esa interrogante-parodia del amor. Qué harías sin ella, ríes más y levantas tu copa para brindar en tu festejo por los veinte años de alegría. Tus amigos chocan sus copas envidiando tu felicidad y ella se ve radiante y agradecida por tanto y tanto amor, ya olvidó que apenas mañana la abandonarás en el hotel.

CHEMA
Ca.1997

lunes, 23 de noviembre de 2009

LA SOLUCIÓN

Desde que recordaba, la soledad no le soltaba la mano. Siempre estaba muy cerquita, mordiéndole la tranquilidad y la alegría, soplándole un vaho maloliente y pegajoso en todo el cuerpo.

No por tenerla siempre tan cerca se había acostumbrado a sentirla, a olerla, casi a platicar con ella. La detestaba, sobre todo, porque cuando más feliz se sentía, cuando más completo se encontraba, cuando creía haberla conjurado con el hechizo del futuro feliz, ella sonreía horriblemente, mostrándole con toda la rudeza posible su desamparo y orfandad humana: estás solo, parecía recordarle con cada espasmo de burla.

Como era decidido, se juró que ahora sí la derrotaría, que la maldita soledad saldría corriendo asustada al verse superada, él había encontrado la solución y, más que pronto, la pondría en práctica.

Primero decidió enamorarse perdidamente y buscó a la pareja ideal. No tardó mucho y lo logró: ya estaba más enamorado que nunca y no se separaba de su amor ni un instante. Dejó de ir a trabajar para no separarse, dejó de salir solo a cualquier lugar, dejó de ir al baño solito, dejó de soñar sólo por él. El primer paso estaba dado.

La conclusión estaba cerca. Esperó a que su pareja eterna durmiera y así, sin más ni más, se la comió (aquí dejo que cada quien decida cómo hizo para que no despertara y huyera asustada y frustrara la solución). Ya estaba muy dentro de él, ya nada podría separarlos. Su euforia estaba por llegar al límite, cuando el cuerpo le avisó que, ¡ni modo!, tenía que evacuar a su amada en su nueva forma. Se negó. Nunca más iría al baño. Así fue, aguantó días y días y días... hasta que tuvo que morir: el cuerpo no siempre está en frecuencia con los sueños de la pura mente.

Mañana lo entierran, por cierto, solo.

jueves, 13 de agosto de 2009

¿QUÉ COSA ES UN ESCRITOR? TOMA 2

Un escritor no es el que escribe. Ése es un escribano. El que escribe para vender es un mercachifle, un oportunista de la buena voluntad; pero no tenemos que confundirlo con el que escribe y, por calidad, le compran. Es sutil la diferencia pero es todo: el que escribe sintiendo y pensando y como resultado su trabajo es solicitado para ser adquirido, es escritor. El que escribe teniendo como objetivo único y meta vender, es un lenón de las ideas.

Tal pareciera ser una verdad inobjetable, pero ¿en verdad es tan drástica la diferencia entre el escritor y el vendedor de letras? ¿Están peleadas la economía y la buena literatura? ¿No puede un excelente escritor tener en mente vender lo que escribe? ¿Debe persistir la romántica idea de que el arte debe tener una barrera que lo aísle completamente del dinero cochino y marrano y puerco?

Cuestiones difíciles de responder a la ligera y peor aún cuando todavía no acordamos lo que es un escritor.

El otro día me encontré un blog en el cual el sujeto se autonombra como “escritor” y en su espacio sólo escribía temas de “la vida es hermosa”, “tú puedes”, en fin, toda esa temática tan sencillamente abordable y que hace que quienes las escriban se crean Og Mandino, Miguel Ángel Cornejo o Arjona (no importa el orden, son pésimos todos). Intenté leer algunas de sus entradas, pero no, puras palabras de autoayuda y, más espantoso y espantable, tenía comentarios de gente que decía “qué bonitas palabras dices” y cosas por el estilo. Entonces caí en la cuenta de que si el 85% del mundo se pusiera de acuerdo y dijeran que esas palabras “bonitas” son literatura, ganarían por consenso; es decir, resulta, entonces, que la literatura es un acuerdo social, que el arte todo lo es y que entonces hablar de literatura es hablar de convencionalismos.

Luego le seguimos.

martes, 4 de agosto de 2009

¿QUÉ COSA ES UN ESCRITOR?

El que rasga una guitarra y lastima al aire con sonidos desafinados, sin tener idea de lo que es la armonía, por el simple hecho de sacar un acorde al instrumento, ¿es músico?

Quien toma un lápiz o un pincel o un gis y traza unas cuantas figuras medio antropomorfas o no, medio equidistantes o no, medio equilibradas o no, por el simple hecho de dibujar en una superficie rastros de algún color, ¿es pintor?

Quien le pone alcohol en la herida a alguien más y después lo cubre con algodón o con una venda y le da un analgésico, por proporcionar estos paliativos, ¿es doctor?

Creo que la obvia respuesta es “no” a todas esas falaces preguntas.

Entonces, por qué quien junta tres párrafos con regular sintaxis, pasable ortografía y, en muchos casos, nulo sentido, se autonombra “escritor”.

En un sentido estricto, escritor es quien escribe, quien es capaz de juntar letras, palabras, oraciones y párrafos con un sentido susceptible de ser descifrado por otros. El problema de esta definición es que escritor sería hasta quien está aprendiendo a escribir y junta sus primeras frases. ¿Qué características debe tener, entonces, un escritor?

Quizá la respuesta está en la economía, y escritor sea quien puede subsistir del ejercicio de la escritura y que su sustento económico tenga como base la creación de textos. Pero esta definición tampoco parece ser muy certera, pues entonces quien tiene un escritorio público o los que escriben noticias serían también escritores. O los que escriben best sellers. Aquí entramos a cuestiones más difíciles: la calidad de escritura.

Pero sólo podemos hablar de buenos y malos escritores cuando sepamos qué cosa es un escritor. Seguimos luego.

martes, 2 de junio de 2009

RESCATAR LA TRISTEZA

No me siento bien. Lo que me hace sentir peor es que haya palabras que sean secuestradas por el desprestigio y entonces lo que refieren se rozan con lo desprestigiado. Pondré un ejemplo para que quede más claro el revoltijo anterior:
La palabra "emo" se ha vuelto... cómo decirlo sin herir susceptibilidades y siendo políticamente correcto... ahora debe estar uno muy pendiente de lo que diga, aun de chiste, porque inmediatamente puede ser acusado por el dedo flamígero de los guardianes de lo bien dicho... cualquier cosa que se diga puede ser usada para demostrar que uno es machista, xenófobo, homofóbico, discriminador, ególatra, feminista, contradictorio, antiecologista, tercermundista mental, intolerante, surrealista, antidiurético y aries con ascendente en sagitario... cuidado con lo que diga... cuidado... bueno, "emo" es una palabra con poco prestigio y que suele utilizarse, incluso, como insulto... ("no inventes, no seas emo")... lo más malo de esto es que pareciera que los emos se autoadjudicaron el concepto o la idea o el sentimiento de tristeza... quizá no los emos mismos, pero su melodramática y, en un 99.3%, fingida melancolía ha ocasionado que la tristeza se relacione primeramente con ellos... hoy me siento triste en verdad... con una tristeza que raya en las ganas de negar toda realidad pasada y presente... una tristeza que necesita como contrapeso a la razón porque no hay alegría que la limite, sólo el raciocinio ayuda un poco... una tristeza que ocupa un lugar en el espacio de mí y pesa y cansa... una tristeza que se percibe por los sentidos y que invita a aullar a los perros... una tristeza vieja y conocida... es una tristeza que ningún emo conoce ni podría conocer porque es de adentro a afuera y no al revés y que no necesita demostrarse con gesto inconsolable o ropas oscuras y daños superficiales... una tristeza para uno mismo, que no se comparte... hay que rescatar nuestro derecho a estar tristes.

miércoles, 29 de abril de 2009

LA INFLUENCIA DEL PUERCO EN LA INFLUENZA PORCINA

Me persiguen. 
He recibido múltiples acusaciones, reclamos e insinuaciones relacionadas con la influenza porcina.
Dicen "¡ayyy, sí, qué casualidad que al poco tiempo de salir La Vida Puerca aparece la marrana infección!" De verdad que yo no tengo nada que ver.
Como es obvio, mi vida diaria transcurre entre cerdos, marranos, cochinos, puercos, chanchos, cuches de diferentes condiciones sociales y religiones, pero nunca nos habíamos topado con tan tocinil enfermedad.
Tengo una teoría relacionada con el origen de esta epidemia, pero no sé si deba hacerla pública pues el sujeto que parece ser el origen del catarro jamonense es peligroso y ha estado preso en varias ocasiones. Él también me amenazó.
Ya no puedo salir a la calle: o me contagio o me culpan de la influenza o me agarra el verdadero culpable. De todos modos no estoy bien con nadie.



Por cierto, creo que también estoy contagiado, pues algo que no se ha dicho es que uno de los síntomas más horribles es el crecimiento acelerado de la frente y la separación de los ojos; la risa se vuelve estúpida y las cejas se tornan a la Jack Nicholson... creo que sí me tocó el marrano resfrío.
De cualquier manera, yo pido que no perdamos de vista a Porky, a Babe, al Puerco Araña, al Brazo de Plata y al secretario de Hacienda, ninguno de ellos tiene cara de inocencia y sí, en cambio, tienen muchos resentimientos sociales. 

viernes, 3 de abril de 2009

SÓLO 40

Llegué a 40. ¿Eso qué? Nada, no pensé, sinceramente, llegar. No sé si la mente humana en general o la mía en particular tienden a la tragedia, pero siempre estuve seguro de tener como límite los 38. Recuerdo que una vez en una fiesta familiar —somos 11 hermanos, qué locura— una de mis hermanas, que ya estaba bastante ebria, me dijo en tono confidencial: "oye, quién crees que vaya a morir primero de nosotros", sin dudarlo contesté que yo; ella, seria, me dijo "sí, también creo que tú". Ja, es la sinceridad que a algunos les da el alcohol.

Hablando de alcohol, me dan ganas de decir que (es mi cumpleaños y voy a escribir cuanta bobada se me ocurra) es muy aburrido esto de no tener pasión por algo. Ni siquiera por un vicio, ni siquiera por un pasatiempo, ni siquiera por una venganza, ni por algún alimento. Envidio a los que se entregan a una pasión sin pensarlo (bueno, tal vez si lo pensaran dejaría de serlo), a quienes se emborrachan con cualquier excusa, a los que se levantan temprano por seguir sus impulsos, a los que matan por celos, a los que pierden todo por un maldito naipe inoportuno, a los que corren sin saber a dónde, a los que abandonan sin justificar, a los que fuman como si no tuvieran pulmones, a los que bailan como si el mundo se fuera a acabar, a quienes hablan gritando. Envidio a los que no fallan a fiesta alguna aunque no los inviten, a quienes escalan y juegan ruleta rusa de a deveras, a quienes saben todo de algo pero no de todo, a quienes se apasionan por ganar el cielo, a quienes darían la vida por sentirse queridos, a los responsabilísimos ejemplares de oficina, a los que tienen miedo real y profundo de perder el trabajo, a quienes sólo tienen miedo real y profundo, a los que esperan los viernes de parranda, a los drogadictos por elección, a los que hacen algo, lo que sea.

Todos ellos tienen por lo menos algo que los ancle al mundo. Qué suerte.

Cumplir 40 no importa, no se siente nada. Pensé que ahora sí tendría ganas, ánimos o motivos para festejar. No, es lo mismo siempre: un día es peor de aburrido que el anterior; nada extraordinario que motive a la sangre a correr como loca, al cerebro a apagarse y darle paso a las tripas, nada que ponga a las nubes en el suelo o al fango en las alturas, nada que me aviente de la cama, nada que me diga que la vida (más allá del miedo y la costumbre) merece ser vivida.

Ya.

martes, 31 de marzo de 2009

"Hace un montón de tiempo que no escribo en este espacio." Esta frase es un buen ejemplo de cómo disfrazar la verdad o cómo decirla a medias o cómo semimentir o cómo dar información parcialmente descremada.

Es cierto que ya hace bastante tiempo que no dejo algo nuevo en este blog, pero la frase de la entrada es falsa porque nunca he escrito directo, todos son textos antiguos o escritos que primero hago en otro lado y después los copio y los pego aquí; es decir, nunca he escrito en este espacio en el que, ahora sí, estoy escribiendo.

Siendo sinceros: si los demás textos han sido aburridos, difíciles de terminar de leer, absurdos o intrascendentes, éste es el peor de todos, así que daré unos segundos para que disimuladamente cierren esto que ni nombre tiene (..................) (la la la la la laaaa), listo, puedo seguir diciendo una serie de sinceridades que de tan sincerotas, no importan a nadie.

He estado pensando un montón de cosas acerca del "nuevo" lenguaje electrónico (¿se podrá llamar así a lo que estoy pensando?), acerca de la sociología de los celulares y de las palabras que deberían llevarse el premio a la mejor palabra jamás escuchada.

Sí, eso pienso... esto es aburrido hasta para mí... ya no sé ni qué decir... era puro pesar de conciencia por no tener un texto nuevo, así que ya nadie me podrá acusar y podré volver a ser admitido en la constelación de los-que-sí-actualizan-su-blog-con-temas-interesantísimos-y-de-utilidad-pública, me renovarán la membresía y diré con voz profunda y mirada inexpugnable: no has visto mi blog: tiene un texto nuevo.

Ya.

lunes, 23 de febrero de 2009

CIERTO


Cierto: es como un caldo de camarón sin cuento, ni ese sabor. La tristeza es esa incapacidad en las manos para escribir; es esa malformación muscular que obliga a hacer un gesto ridículo en lugar de sonrisa; es la nube que no existe y que como imán te obliga a buscarla en todos lados, desentendiéndote de la realidad; es la acidez del espíritu y del esófago; es saber que nadie te conoce; es descubrir un nuevo dolor cada día; es que nada importe; es que te aterre la noche porque la soledad muerde; es la flojera de todo; es la certeza de tener lo que se merece; es llegar siempre tarde a todo, a la vida; es ver la televisión porque no hay nada más; es tener la angustia como desayuno y cena; es la piedra del aburrimiento entre las manos; es esperar un mensaje; es que todo te dé igual; es el fastidio eterno; es preferir lo otro y lo otro y lo otro; es sinceramente no saber lo que se quiere; es no tener planes ni necesitarlos; es vivir así nomás como animal; es no embonar; es optar por el aislamiento; es hacer esta lista; es siempre estar perdido en sueños; es no saber cuál ha sido mi momento más feliz; es fluctuar de humor; es el alejamiento de los amigos; es no tener un motivo; es equivocarse siempre; es ser charal en la corriente; es esperar el tiempo oportuno que no existe; es una promesa; cierto: es como un caldo de camarón sin cuento, ni ese sabor.

viernes, 20 de febrero de 2009

FANTASMA

Es difícil ser un fantasma. La claridad ya no deslumbra, ahora atraviesa y hiere; ya no hay sangre que golpee por dentro y oriente los pasos, pero ¿cuáles pasos? Ni el piso se siente, tampoco el odio, el amor, la tristeza.
El día y la noche, el calor y el frío, el ansia y la paz, todo da igual. Todos los sentimientos y sensaciones se confunden; no sé qué siento, no sé si siento, no sé si sufro o sólo recuerdo que se sufre en esta indefinición. Lo único cierto que poseo es que no poseo nada.
Mis recuerdos. Pudiera suponerse que tengo memoria de mi vida, pero pasan por mi vista tantas vivencias tan dispares que no sé si tuve una o dos o mil vidas. No sé si son recuerdos o inventos o vivencias reales que me apropio de la gente que espío y vigilo y que nunca me nota.
Soy un fantasma –no sé desde cuándo, tal vez así nací–, y ni siquiera puedo decir qué significa eso ni qué se siente. Los días son eternos y no puedo afirmar que nunca duermo o que nunca despierto. Eso es, quizá soy una pesadilla separada del soñador. Soy el mal sueño de un loco o la alucinación del apesadumbrado insomne. Todo eso es ser nada.
Veo y escucho, pero no toco. Veo el sol y los niños correr; veo las risas y las dudas; veo los autos y los peinados nuevos; veo los desiertos y los espejos, pero yo no me reflejo. Es parte de esta realidad no distinguir entre espejos y ventanas, en ambas siempre se ve lo otro, lo ajeno, lo lejano o cercano, los otros pero no yo. No me conozco, no sé cómo soy. Un fantasma tampoco puede ver a otro; en esto no somos muy diferentes de los encarnados, de los vivos: se ven sin mirarse, no se conocen, viven tan solos como nosotros.
No sé a dónde dirigirme, no encuentro el camino al paraíso o al infierno ni sé si existen y temo perderme eternamente. Sólo he aprendido a vagar, a recorrer calles y continentes sin descanso pero sin cansancio. No asusto porque nadie me escucha ni me siente, nadie me extraña ni me recuerda… quizá aquí miento porque tal vez alguien extrañe a quien fue esto que ahora es sólo palabras y lamentos, esta mezcla de ausencias y extrañezas.
Soy un fantasma y lo mismo puedo decir que soy sólo el pensamiento de algún desquiciado que está ahora atado y no puede más que imaginar, que imaginarme. También puedo decir que sólo soy un sonido que no se extingue, que soy un aullido, que soy viento contaminado de razón y juicio, que soy el último suspiro del agonizante que murió en soledad y que no quiere desaparecer hasta ser escuchado, que soy aire frío que eriza la piel, que soy el grito de un niño hambriento o el lamento de un perro atropellado.
No creo tener rostro; más bien soy una maraña de cicatrices, un conjunto de malos deseos y maldiciones que crece cada segundo, un amorfo signo de interrogación sin esperanza de respuesta. No puedo intentar hablar sin que se agolpen gritos, gemidos, carcajadas, palabras, insultos, viscosidades y todas se impidan el paso.

martes, 3 de febrero de 2009

ESO ES

Es como morir por fumar y ni así poder dejar el cigarro; como alguien que acaba de perder sus piernas e implora por ellas; como platicar a una piedra o a un retrato; como sentarse a esperar quién sabe qué; como estar seguro; como fingir que no se tiene hambre por falta de dinero; como ver la infancia y no poder modificarla; como estar convencido de que todo lo demás, lo de los demás es mejor siempre; como entender que del cerebro a la boca siempre hay traición; como pedir dinero prestado; como estar donde no se quiere; como querer donde no se está; como quien está siendo devorado vivo por fieras; como el humillado frente a quien ama; como perder tus recuerdos; como recordar tus pérdidas.
Es como ver morir a un recién nacido; como la ceguera paulatina; como despertar; como correr por miedo; como saberse viejo; como fingir que nada pasa; como vivir sabiendo que el futuro es de otros; como pedir perdón por existir; como caer diario por dentro; como ver alejarse el último camión del día sin alcanzarlo; como necesitar; como no necesitar; como tener en la mano el último centavo; como decir adiós a todo por siempre; como no entender el mejor libro jamás escrito; como el beso de despedida a un muerto; como jurar nunca más regresar y estar ahí de nuevo; como llorar sin lágrimas; como levantarse sin motivos; como quedarse plantado; como haber nacido… Es la tristeza

jueves, 29 de enero de 2009

PROTEO

El vacío no es espontáneo. La cotidiana rutina lo labra. Hace años que empecé a luchar contra la costumbre. Tengo multitud de nombres: ayer me llamaba Gorgonio, antier Jacinto, hoy Esteban. He sido niño, joven, adulto, anciano, prostituta, tendero, poeta, drogadicto, Raúl Velasco, muerto, homosexual, monja, perro policía, libreta, cigarro y casi cualquier cosa que se les ocurra he sido.
Todo por luchar contra la costumbre.
Un día sí como y cuando me acostumbro a comer, pues sigo comiendo. A veces duermo, a veces pienso, a veces hago nada, como cuando me dedico a trabajar como piedra.
Cuando la gente está aburrida por la costumbre, llego a salvarlos asombrándome de todo. Una vez me metieron a un manicomio por asombrarme de que un señor podía y sabía caminar.
De todo he hecho, de todo he sido, de todo he probado.
Hoy termino con eso, hoy escuché: mira, decían mientras me señalaban, es el hombre que acostumbra romper la costumbre.

miércoles, 21 de enero de 2009

NECESIDADES

Nunca negué nada ni no no negué. Necesito notar nombres normales, no novelas nuevas. Neuronas nonagenarias nublan nuestra normalidad: ¿no naceré nuevamente? Nimodo.
No necesites nada, nadie, nunca.
Nominalmente no nazco: negligencia nomás, nubes negras, nutricias nacionalidades: nominalmente no nazco: niño neonormal, nulidad navajeada, neologismo nonato, negación natural.
Noble noche, no niegues nuestra nostalgia —nieve niña—, nuestro nudoso nombre.
No necesites nada, nadie, nunca.
No, nada nuevo: no noticias, ningún número ni negocio, narigonas núbiles, no nidos, nada nada-a nada. Narciso: nivel neuronal nulo.
Nomenclatura, noción, notación, niveles, nemotecnias: nada.
No necesites nada. Ni nadie. Ni nunca.

lunes, 12 de enero de 2009

MEMORIA

Mi memoria: mínima;
mi momento: mutilado; mi mente: muerta. Mientras miento, miro muy melosamente mi mitad: miserable: miente mansamente.
Masco mil manojos macilentos, mil muñones: ¿mi motivación mueve montañas? Milímetros marginales: Mahoma moriría musitando maldiciones.
Mientras mi machismo manco maneja monótonos martirios,
mi memoria mengua más. ¿Mantendré mi magia? Mejor muevo mi máscara-muro, muevo mi mudez, mi mundo. Mentir moviliza millones: mejor, menos mensos, más mazorcas.
Muerdo mensajes, maratónicas mentiras, mascaradas: mancillan mi militancia mundana.
Mi memoria: menor, menor, menor…
Misioneramente, mastico monjas mojadas; maquiavélicamente, masco musas maléficas: mi mundo mata, mejor muévete.
Mucho me motiva masacrar mentalidades menores: menos mensos, más mazorcas.
Mi minimemoria miente mucho.
Mártires, mentalistas, mensajeros, monjes, ministros, monarcas: me mienten, mencionan mejores mundos… ¡maricas!
Mujer: muerte mejorada, mordedura melosa, maldad medicinal, mística metáfora melancólica, martirológica maestra, mordedura mental, maravilla mayor.
¿Mi memoria? Malnacida mutante
Miles mueren matutinamente: menos mensos, más mazorcas.
Mi molestia muestra muy malamente mi mal mental: me muerden moscas misteriosas, moscas memoriosas, moscas mortales. Matan mi mente minuciosamente, miran mórbidamente.
Mi memoria mi memo mi me mo mime mo mimemo