martes, 23 de septiembre de 2008

CENA DE NAVIDAD

Tres cebollas, cuatro dientes de ajo, aceite de oliva, sal al gusto, pimienta, chile morita, tres latas de almejas, medio kilo de camarones y medio de tomates resulta que es nuevo para mí. Yo no sabía y mira que ya tengo treinta años viviendo conmigo.

Todo apareció cuando fui a pedirle prestado a mi vecino su teléfono; resulta que lo vi y se me antojó. Así de fácil: verlo provocó que se me hiciera agua la boca. Se veía tan carnoso, tan sabroso, no sé, algo raro, se fríen la cebolla y el ajo, en trozos pequeños, con el aceite de oliva hasta que queden bien revueltos y fritos, como cuando tienes hambre y pasas por una taquería.

¿Sí me explico? Es como descubrir que te gustan los ostiones después de tantos años de despreciarlos, viéndolos tan feos con su aspecto viscoso, como de flemas grises; pues algo así, un día los ves apetitosos y los pruebas y ¡oh sorpresa!, ricos como ellos solos.

Pues como te decía, un día no pude aguantar más y se lo dije: te me antojas. Y mira quién viera tan serio al vecino, se puso rojo y me dijo: tú también. Ya te imaginarás qué pensó el muy degenerado, se agregan los camarones y las almejas a la mezcla y se siguen friendo, cochino gordo. Le dije entonces que si me dejaba hacer algo que tenía mucho tiempo queriendo hacer. Por respuesta obtuve una sonrisa infantil y sus labios parados y ofrecidos. Aprovechando su ceguera voluntaria, mordí su brazo y le arranqué un suculento trozo, calientito. Por supuesto, tuve que correr y no paré hasta que había corrido cuatro días seguidos.

Por favor, no te muevas tanto que el vino debe estar reposado para que te penetre bien.

¿En qué me quedé? Pues ese pedacito no estaba rico, estaba riquísimo. Sabía, sabía como a filete de cerdo pero más suave, mucho más, cuando esté lista la mezcla, se agrega el chile morita que se ha molido con un poco del caldo de las almejas y los tomates y se sazona con sal y pimienta, no puedo compararlo, porque es un sabor novedosamente exquisito.

Pobre gordo, quién sabe cómo estará ahora, tan rico y con tanta carne. Y fíjate que no es cierto lo que dicen, que la carne de persona te vuelve animal o fuerte o insensible, ya ves, yo sigo tan normal como el que más.

De esto que te cuento han pasado ya muchos años, como diez. Bueno, no son muchos, pero debes tomar en cuenta que debe uno escapar después de cada comida especial y el tiempo se duplica si huyes. Además, es difícil conseguir a alguien que te ofrezca un pedazo suyo. Ya ves, te aseguro que tú no pensabas esto ahora que te invité a esta cena; si te hubiera dicho la verdad, ¿a poco hubieras venido? Claro, ya sé que no, cuando todo está hirviendo, se agregan las hierbas de olor y se deja hervir cinco minutos más, todo el mundo es muy envidioso y bien que están dispuestos a comerse a alguien a besos o a aceptar la hostia, pero no son capaces de dar de comer al prójimo un pedazo de sí mismos.

¿Crees que tu pierna ya esté suave? Déjame ver. Sí, creo que ya. Qué sigue… ah sí, se sirve la carne frita, acompañada del caldo de almejas. Listo, cuando despiertes ya no te podré decir a qué sabes. Ni modo, pero ten por seguro que eres muy sabroso.


CHEMA
13 de diciembre de 1999

EL BESO


En cierta ocasión me encontraba comiendo una hamburguesa, bastante horripilante, en un establecimiento de comida rápida. Llevé a mis hijos a que se aventaran como locos por una resbaladilla que ni permitía que se resbalaran pero en fin. Mientras trataba de masticar ese pedazo de incógnita (a poco alguien se atreve a asegurar que es carne), mi instinto de fisgón me obligó a fijarme en las personas que estaban sentadas a mi alrededor. Me gusta ese ejercicio del intelecto más morboso, que te ayuda a comprender mejor la naturaleza humana viendo cómo actúa la gente cuando no se sabe observada (mentira, soy un chismoso y metiche de primera).

Mi vista recorría el espectáculo involuntario, cuando tuve que detenerme ante la vista de una pareja que se besaba. No voy a plantear aquí las interrogantes del cariño, del show, de la higiene poshamburguesa ni nada por el estilo. Mi atención se fijó en la chica, que besaba a su amado mientras con la vista recorría todo el establecimiento. Fue curioso ver esa falta de concentración y de interés.

Tuve el cinismo de esperar el término de ese antibeso para descubrir la reacción de ambos besantes. Hicieron lo obligado: despegaron sus labios, se dieron otro pequeñísimo e instantáneo beso, se miraron y sonrieron. Clásico de clásicos.

Me quedé pensando que un beso es para disfrutarse; los ojos se cierran involuntariamente para evadir la horrible realidad y transportarnos a un mundo que esté acorde con lo que estamos sintiendo o deseamos sentir. Quien no cierra los ojos al besar, no puede ser una persona confiable; quien toma al beso como un trámite de pareja y no como una comunión momentánea, como una complicidad infinita encerrada en algunos segundos, no puede ser alguien que disfrute de la vida. Estaba agarrando inspiración para seguir definiendo la grandeza de un beso, cuando pensé en cuántas veces me habrán besado sin ganas ni concentración ni gozo ni empatía ni calor ni nada, con los ojos abiertos. Nunca lo voy a saber: siempre se me cierran los ojos y el mundo se queda atrapado en la boca.

martes, 2 de septiembre de 2008

MANIPULACIÓN




En la mañana desperté sin poder evitar decir unas palabras que estaban ya casi fuera de mi boca y que tenían que ver con lo que estaba soñando, pero no con la tosca realidad de afuera. Las tuve que decir forzosamente y reí, también por fuerza.

Mientras me bañaba estuve pensando en el incidente y me pareció gracioso pero, a la vez, misterioso y hasta aterrador. Pensé en cómo era posible que yo mismo fuera capaz de manipularme así de fácil, sin oponer resistencia, sin pelear conmigo mismo, aceptando mi exigencia de decir lo que no quería decir, sujetándome a mi voluntad sin objeción, como si yo fuera un ente tan confiable.

Está bien que a uno lo manipule la sociedad, el estado, la iglesia, la televisión, la escuela, los amigotes, los periódicos, los padres, las canciones, el trabajo, la familia, los conductores de noticieros, los libros, la cultura imperante, los miedos, las figuras de autoridad, las mujeres, la moda del momento, los psicoanalistas, los políticos, los mesías, está bien, pero dejarme manipular por alguien como yo, es un exceso a todas luces.

Me conozco y sé de lo que soy capaz; no soy muy recomendable ni confiable aunque parezca que sé escuchar con un gesto de profunda concentración. Seguro estoy pensando en otra cosa.

Uno no puede estar resignado a regalarle su conciencia a uno mismo; hemos vivido toda la vida a nuestro lado y nos conocemos, sabemos que somos quienes más nos traicionamos y a quienes perdonamos con mayor frecuencia. No estoy dispuesto a dejarme manipular por mí mismo.

Si me dejo, al rato ya no sólo me manipularé sino que creeré en todo lo que digo, confiaré en mi palabra y, de seguro, saldré lastimado en esta relación conmigo. Lo sé, soy igual que todos. Quizá peor. Y ya no quiero salir herido de una relación con alguien de tan malas referencias.

Por mi bien ya no me haré caso ni creeré en mis juramentos, me olvidaré de mí, opondré resistencia a mis presiones, seré libre y buscaré a alguien más que me manipule sinceramente.

lunes, 1 de septiembre de 2008

LA MONEDA



1

Si algo bueno me queda —si es que se puede decir bueno— es que conservo una esperanza —si es que se puede llamar esperanza—: espero que realmente cada toma de decisión abra tantas vidas como opciones existan. Por ejemplo: si hay una moneda en el suelo cerca de mí, tengo, para simplificar, tres opciones: no la veo, la veo sin recogerla y la veo y la recojo. No la veo y mi vida transcurre sin cambio alguno. La veo y no la recojo, me quedará el recuerdo de esa moneda y la certeza de que en algún momento me hará falta. La veo y la recojo y mi futuro cambia.

Está bien, pero qué significa que mi vida siga sin cambio alguno. Que en adelante, toda mi historia personal no tendrá absolutamente nada que ver con el hecho de agacharme a recoger una moneda del piso; no tendré ese recuerdo (ni consciente ni inconsciente), ni siquiera pensaré en monedas en el suelo nunca e, incluso, cuando alguien cuente alguna anécdota relacionada, sólo me limitaré a decir
qué suerte, yo nunca he visto ninguna moneda tirada.

Ahora, si la veo y no la recojo es bastante probable que pasados tres o dos minutos de la numismática visión, me arrepienta de no haberla recogido, ya que seguramente la necesitaré para completar el precio de la entrada al cine o de una cajetilla de cigarros o del pasaje. Seguro regresaré corriendo a donde la había visto pero, obvio, ya no estará: alguien más decidido la habrá levantado y ahora la estará disfrutando cabalmente. Nunca me perdonaré mi falta de voluntad y seguramente durante mucho tiempo estaré pensando en las miles de opciones que hubiera tenido de haber levantado ese dinero sin dueño. Es bastante probable que empiece a pensar que esa inocente monedita me hubiera ayudado a comprar algún billete de lotería que saldría premiado con el gordo y saldría de mis asfixiantes deudas; ya mi mujer no se la pasaría gritándome mi mediocridad y mi falta de éxito traducida en falta de dinero; podría pasear con mis hijos a donde fuera, sin importar el costo de los paseos; tendría todos los libros que quisiera y podría tener dinero en el banco como todo el mundo. Si tan solo hubiera recogido ese brillante pedazo de alegría me verían de otra manera, ya nadie se burlaría de mí, ni ella me diría que escribir (ah sí, porque de vez en cuando me gusta escribir tonterías) es un pasatiempo de adolescentes, que mejor trabaje en algo práctico para ganar dinero y me deje de estupideces. Claro que lo dice por mi bien, no por que no me quiera o sólo le interese lo monetario: lo hace para tornarme en un hombre responsable y sin sueños ni divagaciones. Si hubiera recogido esa monedita qué feliz sería. Podría dedicarme a hacer lo que más me gusta, que todavía no descubro qué es, por cierto.

Pero, mejor regreso a la tercera opción (luego por qué dicen que divago): recojo la moneda. Aquí es necesario abrir otro abanico de opciones, pues puede ser que la gaste, que la guarde ansioso por esconderla de quien la haya tirado, que la pierda o que la conserve como una muestra tangible de mi buena suerte. Al recogerla, seguro la revuelvo con otras monedas y ahí acaba la historia de la moneda. Puede ser que la guarde y no me atreva a ver siquiera de qué denominación es por temor a que alguien me detenga y me diga o
iga esa moneda que acaba de recoger es mía y tenga que salir corriendo dispuesto a proteger mi fortuna y se inicie una persecución detrás de mí con policías y gente que asegura que acabo de robar a un pobre hombre y esto contribuya a minar aún más mi deteriorada salud; puede ser que me provoque un infarto por la carrera y el susto, y mi vida se vea terminada por una miserable moneda. Aunque, es justo reconocerlo, si muero sería posible que mi espíritu siguiera vivo unos cuantos días y allí podría saber quiénes son en verdad mis amigos y quiénes me quieren realmente; ahí podría ver la congoja en los seres que me amaron y me extrañarán y podré entonces descansar en paz. Sí que me sirvió la moneda. Por otro lado, puede ser que una vez con la moneda en mi bolsillo, no recuerde que éste tiene un pequeño agujero y caiga mi tesoro y ahí concluye todo. Probablemente cuando la tenga, mi primer impulso sea gastarla, pero decido entonces guardarla porque sé que mi suerte desde ese momento cambiará. Un poco después de tenerla, mi semblante cambiará, adquirirá ese brillo que sólo tienen los que se sienten seguros de sí mismos y tendré esa aureola de triunfo que ilumina a los ganadores: todo me empezará a salir bien desde ese momento: mis jefes se darán cuenta de lo capaz que soy y de lo desaprovechado que he estado hasta entonces; me propondrán para un mejor puesto con más sueldo y entonces sí, mi mujer me recibirá todos los días con un semblante feliz y con la admiración reflejada en el rostro y ya no tendré que suplicarle que sea cariñosa conmigo. Sí señor, qué sería de mí sin esa monedita. Tendría tiempo de sentarme a escribir lo que se me diera la gana y entonces fumaría por largos ratos frente al cuaderno con mi gesto de cavilación y nadie se atrevería a interrumpir mis profundos pensamientos, está en pleno proceso creativo pensarían, aunque sólo estuviera recordando un comercial de televisión. Todas las publicaciones literarias se pelearían por entrevistarme y yo les cobraría fuertes cantidades por aceptarlas o por escribir alguna opinión sobre lo que fuera. Ya consagrado, cualquier eructo les parecería el resultado de una compleja investigación creativa acerca del humor y no bajarían mi apestoso hálito de una genialidad. Qué bueno que opté por recoger ese amuleto; mi vida no hubiera valido la pena sin él.

Bien, decía que me queda la esperanza de que se tengan tantas vidas reales como opciones. Ojalá en alguna de esas vidas yo sea feliz. Estoy seguro de que lo soy, pero lo malo es que no puedo conectarme mentalmente con esa vida mía. Seguro es mejor así, pues si existiera la posibilidad de hacer contacto, entonces mi yo feliz podría saber que hay un yo que no lo es y eso empañaría su completa felicidad. Mejor que nunca sepa que él mismo es infeliz en otra vida paralela y mejor que yo sepa que soy feliz en otra parte. Eso es lo que yo llamo un equilibrio sano y sabio.



2

Lo otro que me permite vivir e impide que enloquezca (¿los locos realmente viven o sólo sueñan que viven o ni eso?) es que nunca me complico la existencia con profundidades filosóficas; me limito a estar presente cada día, sólo paso la lista de existencia y listo, a lo que sigue. No tengo muchas expectativas ni planes grandiosos; desde hace tiempo sé que pensar en lo que no se tiene sólo lastima. Antes sí me dañaban las opiniones de otros, y no eran juicios que me lastimaran porque opinaran mal de mí; al contrario, todos se condolían de mi precario estado, físico y económico, pues según decían tenía la suficiente capacidad e inteligencia para tener algo mejor. Cómo se podían aventurar a emitir tales juicios, si no vivían dentro de mí, ni sabían lo que pensaba ni lo que sentía ni lo que quería.

Es mucho pedir que alguien supiera qué quería, si ni yo mismo sé ahora qué es lo que quiero. Cuando me encuentro en mis momentos de alegría, creo que quiero lo que detesto en mis momentos nostálgicos. Con lo que me alegro en un minuto, me provoca un terrible malestar en el siguiente; total, que nunca acabo de estar bien; bueno, nunca acabo porque no empiezo.

Otra cosa que me haría sentir bien... ya sé: que mi mujer me tratara tan amablemente como a sus amigos. Con ellos y ellas son puras risas y alegrías; conmigo son reproches, frialdad y malas caras. Creo que soy medio nefasto. Si tan solo me encontrara una moneda de la suerte...